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El pulpo: un ser fascinante y su inteligencia sorprendente

22 jul
9 min de lectura

Actualizado: 11 ago

Hay un momento que todo buceador con cierta experiencia ha vivido. Estás mirando un fondo de arena o roca, sin ver nada en particular, y de repente algo se mueve. Una textura que no encajaba. Un color que no era exactamente el del fondo. Y entonces lo ves: un pulpo que llevaba ahí todo el tiempo, mirándote.


Ese momento de "¿cómo no lo vi antes?" es la mejor introducción posible a lo que vamos a contar en este post. Porque el pulpo no es simplemente un animal que se camufla bien. Es uno de los seres vivos más neurológicamente sofisticados del planeta. La ciencia de los últimos años ha descubierto cosas sobre ellos que cambian completamente la forma de entender qué es la inteligencia. Y lo hace de forma completamente independiente a nosotros.


No tiene un cerebro. Tiene nueve.


Cuando hablamos de la inteligencia de los pulpos, el primer error es pensarla como la nuestra. Un pulpo tiene aproximadamente 500 millones de neuronas, un número comparable al de un perro. Pero aquí es donde termina cualquier parecido con los sistemas neurológicos que conocemos: dos tercios de esas neuronas no están en el cerebro. Están en los brazos.


Cada uno de sus ocho brazos tiene su propio ganglio nervioso, un centro de procesamiento neurológico local con unos 40 millones de neuronas cada uno. Más neuronas que las que tiene una rana en todo su cuerpo. Eso convierte a cada brazo en algo que funciona, en la práctica, como un cerebro independiente.


Lo que esto significa es revolucionario: cuando un pulpo extiende un brazo hacia un cangrejo, ese brazo toma sus propias decisiones. Siente, procesa, actúa, sin necesitar permiso del cerebro central. El cerebro central no está enviando instrucciones detalladas del tipo "ahora gira 23 grados, ahora agarra con la ventosa número 4". Está enviando algo más parecido a una intención general: "coge eso". El cómo, lo resuelve el brazo por su cuenta.


Los experimentos son demoledores: un brazo de pulpo separado del cuerpo — literalmente amputado de un animal muerto — sigue reaccionando a estímulos, sigue intentando agarrar objetos, sigue coordinando sus ventosas. La inteligencia no murió con el animal. Seguía en el brazo.


Un sistema así resuelve uno de los grandes problemas del diseño neurológico: la velocidad. Cuando tienes ocho brazos con miles de ventosas cada uno, coordinar cada movimiento desde un único cerebro central crearía un cuello de botella enorme. La solución evolutiva del pulpo fue descentralizar la inteligencia. No hay un jefe — hay una red.


Los científicos que estudian robótica e inteligencia artificial llevan años mirando a los pulpos como inspiración precisamente por esto. Los sistemas distribuidos, sin jerarquía rígida, son más resilientes, más adaptables y más eficientes en entornos complejos. El pulpo lleva haciendo esto 300 millones de años.


El cerebro está rodeado por el esófago, y eso es un problema


Si lo anterior ya era raro, esto es directamente absurdo. El cerebro central del pulpo tiene forma de donut. Y el esófago, el tubo por el que pasa la comida, atraviesa el agujero del donut. El cerebro literalmente rodea el esófago.


La consecuencia práctica es que los pulpos no pueden tragar objetos grandes. Si un trozo de comida es demasiado grande, puede causar daño cerebral al pasar. Por eso los pulpos trituran y desmenuzan su comida antes de tragarla, no por preferencia culinaria, sino porque su cerebro está en el camino.


La evolución produjo esto porque el ancestro del pulpo era un animal más simple con un sistema nervioso más pequeño. Al crecer el cerebro, simplemente creció alrededor de la estructura que ya existía. Nadie rediseñó el sistema desde cero. Es uno de los ejemplos más claros de que la evolución no es ingeniería elegante, es ingeniería improvisada que funciona.


Son daltónicos. Y sin embargo cambian de color con una precisión imposible.


Este es probablemente el dato más perturbador de todo el post. Los pulpos no tienen fotorreceptores sensibles al color en sus ojos. Son funcionalmente daltónicos, en el sentido más estricto de la palabra, no deberían ser capaces de distinguir colores. Y sin embargo producen camuflajes de una precisión cromática que deja sin palabras. Se vuelven exactamente del tono de naranja de una esponja, del punteado exacto de un coral, del beige moteado de la arena con sus variaciones de brillo y textura.


¿Cómo? La respuesta que la ciencia baraja, todavía sin confirmar definitivamente, pero con evidencia creciente, es que los pulpos ven el color a través de la piel. Sus cromatóforos, las células de pigmento que controlan el color, contienen proteínas llamadas opsinas, que son sensibles a la luz. Las mismas proteínas que en los ojos de los vertebrados permiten ver colores. En el pulpo, esas proteínas están distribuidas por toda la piel.


La hipótesis es que la piel del pulpo funciona como un sensor de luz distribuido, que el animal literalmente procesa información lumínica directamente desde su superficie corporal, sin necesitar los ojos para ello. La piel ve. O algo parecido a ver. Si esto se confirma, estaríamos ante uno de los sistemas sensoriales más extraños del reino animal: un animal que percibe el color sin poder verlo en el sentido convencional.


El sistema de camuflaje, además, opera en tres capas simultáneas:


  1. Los cromatóforos controlan el pigmento. Son sacos de tinta conectados a músculos que se contraen o relajan para expandir o comprimir la célula, cambiando el color visible. Un pulpo adulto puede tener más de un millón de cromatóforos activos simultáneamente.

  2. Los iridóforos controlan el brillo y la iridiscencia, esa calidad metálica o nacarada que ves en algunas partes del cuerpo. Funcionan mediante interferencia de luz, no mediante pigmento.

  3. Las papilas musculares controlan la textura en 3D de la piel, esa capacidad de parecer liso o rugoso, plano o con bultos y protuberancias. Un pulpo puede volverse liso como el vidrio o rugoso como la corteza de un árbol en fracciones de segundo.


Las tres capas actúan de forma coordinada, en tiempo real, procesando información sensorial del entorno y traduciéndola a patrones de camuflaje en milisegundos. Es uno de los sistemas de procesamiento de información más veloces del mundo animal.


Editan su propio material genético en tiempo real


Este es el dato más reciente y posiblemente el más asombroso. Publicado en la revista Cell en 2023, un estudio de la Universidad de Chicago y la Universidad de Tel Aviv reveló algo que hasta entonces solo se había visto de forma muy limitada en algunos insectos: los pulpos editan su propio ARN en respuesta a cambios de temperatura.


Para entender qué significa esto: el ADN es el manual de instrucciones permanente de un organismo. El ARN es el mensajero que traduce ese manual en proteínas, en las piezas reales con las que funciona el cuerpo. Normalmente, el proceso es bastante fiel: el ARN copia el ADN y produce las proteínas que el ADN especifica.


Los pulpos hacen algo diferente. Cuando la temperatura del agua cambia, editan el ARN sobre la marcha, modifican el mensaje antes de que se produzca la proteína, cambiando el tipo de proteína que se fabrica sin tocar el ADN original.


En el estudio, cuando la temperatura bajó, los pulpos activaron más de 13.000 sitios de edición de ARN en su sistema nervioso en cuestión de horas. El resultado: proteínas neurales diferentes, diseñadas específicamente para funcionar en agua fría. El sistema nervioso se reconfigura en tiempo real para adaptarse al entorno.


Los humanos tenemos millones de sitios de edición de ARN, pero afectan a menos del 3% de nuestros genes. Los pulpos editan hasta el 60% de sus mensajes de ARN neural. Es una plasticidad genética que ningún vertebrado conocido puede igualar.


La implicación es profunda: el pulpo no espera a que la evolución lenta modifique su ADN durante miles de generaciones para adaptarse al frío. Lo hace él mismo, en horas, dentro de su propio ciclo de vida. Es una forma de adaptación que redefine los límites entre lo que es fijo y lo que es flexible en la biología.


Sueñan. Y lo hacemos en colores.


En 2021, investigadores del Instituto Federal de Río Grande do Norte en Brasil publicaron un estudio que dio la vuelta al mundo científico. Habían grabado a pulpos durmiendo y descubierto que alternaban entre dos fases de sueño claramente distintas.


La fase de sueño tranquilo: piel pálida y uniforme, pupilas cerradas, episodios largos y estables. Similar al sueño no-REM de los vertebrados. La fase de sueño activo: aquí es donde todo se vuelve extraño. La piel empieza a cambiar de color y textura de forma rápida y dinámica. Los ojos se mueven. Los brazos se contraen. Los músculos del manto se agitan. Y todo esto ocurre de forma completamente desconectada del entorno, el pulpo no reacciona a lo que hay a su alrededor, solo a lo que está pasando dentro de su propio sistema nervioso.


En 2023, el Instituto de Ciencias de Okinawa lo confirmó con más profundidad: durante esa fase activa, la actividad neurológica del cerebro del pulpo es indistinguible de su actividad cuando está despierto. El mismo patrón. La misma intensidad. Eso es exactamente lo que ocurre en el sueño REM de los vertebrados, la fase en la que los humanos soñamos.


¿Están soñando los pulpos? La respuesta honesta es que no lo sabemos con certeza. No podemos preguntarles. Pero si están soñando, los investigadores tienen una hipótesis sobre cómo son esos sueños: cortos y visuales. Cada episodio de sueño activo dura entre 40 y 60 segundos. Si hay sueños, serían algo parecido a imágenes rápidas, fragmentadas, no narrativas largas como las humanas. Lo que sí sabemos es que el sueño de dos fases — tranquilo y activo — evolucionó de forma completamente independiente en los pulpos y en los vertebrados. Dos linajes que se separaron hace 550 millones de años llegaron a la misma solución para algo que todavía no entendemos del todo.


Viven poco y mueren por diseño


Los pulpos tienen una vida corta. La mayoría de las especies viven entre uno y dos años. Y ese ciclo de vida tiene un mecanismo que es, desde una perspectiva humana, desconcertante.


Cuando una hembra de pulpo pone sus huevos — hasta 200.000 en algunas especies — deja de comer. No por falta de alimento. El mecanismo de alimentación se desactiva activamente. Durante las semanas que guarda los huevos, ventilándolos y protegiéndolos de los depredadores, su cuerpo empieza a consumirse a sí mismo. Cuando los huevos eclosionan, la madre muere. Los machos mueren semanas después del apareamiento, por un proceso similar de deterioro acelerado.


Este proceso no es accidental ni un fallo evolutivo. Es un mecanismo activo controlado por las glándulas ópticas, estructuras equivalentes a las glándulas pituitarias de los vertebrados. Si se extirpan esas glándulas, la hembra vuelve a comer, abandona los huevos y puede vivir durante meses más.


¿Por qué evolucionó un sistema así? La hipótesis más aceptada es que los recursos que el adulto consumiría compitiendo directamente con su propia cría son más valiosos para la especie si se canaliza todo hacia la protección de los huevos y luego se cede el territorio a la siguiente generación. Una solución brutal. Una solución que funciona.


Por qué el encuentro bajo el agua es diferente ahora


Si has buceado con pulpos antes de leer esto, probablemente los viviste como animales curiosos o fascinantes. Si buceas con ellos después de leer esto, la experiencia es diferente.


Cuando un pulpo te mira, y los pulpos miran, con esa mirada horizontal y tranquila que da la sensación de estar siendo evaluado, lo que hay detrás de esos ojos es un sistema neurológico distribuido por todo su cuerpo, procesando información en paralelo a velocidades imposibles, construyendo en tiempo real una respuesta al entorno que incluye tu presencia.


Cuando cambia de color ante ti, está ejecutando uno de los sistemas de procesamiento de información más sofisticados del mundo animal. Cuando lo ves inmóvil en un rincón del fondo, puede que esté durmiendo. Y si está soñando, está experimentando algo, qué exactamente, no lo sabemos, en esa mente distribuida por nueve centros de procesamiento simultáneos.


Los pulpos los encuentras en casi todos los destinos de BTO. En Bali, en los fondos de arena de Amed y entre las grietas del USAT Liberty. En Komodo, en los fondos rocosos de Batu Bolong. En los pecios del Mar Rojo. En La Paz, entre los pecios cubiertos de vida...


La próxima vez que uno te mire, recuerda que tiene más neuronas en un brazo de las que tiene una rana en todo su cuerpo. Y que ese brazo está pensando por su cuenta.


La fotografía submarina y el pulpo: el sujeto más difícil y más recompensante


Si haces fotografía submarina, el pulpo es el animal que más te va a enseñar sobre paciencia y anticipación.


El camuflaje activo


El mismo sistema que hace al pulpo fascinante lo hace fotográficamente complicado. Cuando está camuflado, es invisible. Cuando decide que lo has visto y empieza a desplazarse, cambia de color mientras se mueve, lo que hace que la exposición correcta cambie constantemente.


La ventana de comportamiento


Los pulpos tienen momentos en que muestran comportamiento activo, cazando, explorando, cambiando de color defensivamente, y momentos en que simplemente se quedan quietos esperando a que te vayas. La diferencia entre una foto de archivo y una foto que cuenta algo es encontrar esa ventana de comportamiento activo.


El gran angular y el macro


El pulpo es el animal que más justifica llevar ambas opciones en la misma inmersión. Un pulpo grande en su entorno, con el camuflaje activo y el fondo visible, pide gran angular. Los detalles de la piel, la textura de las papilas, el color de los cromatóforos, la mirada horizontal, piden macro extremo.


En el workshop de fotografía de cada expedición BTO, el pulpo siempre aparece en los briefings. No como garantía, no hay garantías con fauna salvaje, sino como ejemplo del tipo de observación pausada y técnica que diferencia las fotos que se recuerdan de las que se olvidan.


Gracias por leer hasta aquí. Espero que este blog te haya ayudado a entender, comprender y ver a este increíble animal de una forma diferente. ¡¡Nos vemos en el azul!!

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